La predisposición psico-biológica de la mujer de ser la cuidadora primaria de los niños

Conozco a muchos padres que son mejores cuidadores de sus hijos que sus esposas, y muchas mujeres que no tienen una gran afinidad hacia el cuidado en general. Diría que dentro de lo que es la amplitud de la diversidad en este sentido, existen todas las escalas de gris.

Cuando veo a familias donde hay un cambio en este sentido, donde el padre es el cuidador primario del niño, y él está en casa y la madre está trabajando, creo que la pareja ha descubierto quién es mejor en hacer qué tarea, y han acordado sus roles en función de esas capacidades. En muchos casos veo que en esta familia el bebé ahora tiene acceso óptimo a la capacidad cuidadora particular de ambos padres.

En esencia, lo que un bebé necesita para un desarrollo optimo, es el acceso a un adulto con su hemisferio cerebral derecho en buen funcionamiento, y que pueda recibir y regular con empatía las comunicaciones emocionales del bebé. No es solo el género que predetermina a esa capacidad. Sin embargo, la seguridad del apego y la salud emocional de uno de los padres es la clave para quién puede brindar mejor cuidado primario durante el primer año de vida.

Haber dicho eso, uno puede preguntarse entonces, ¿cuál es la especialidad del cerebro femenino?

El cerebro de la madre biológica tiene una especialización que crece durante el embarazo con los cambios hormonales que se producen. Este es un hecho natural biológico, pero no el asunto de este artículo.

Se encuentra en la mayoría de las mujeres un aspecto que las hace estar predispuestas a cuidar a hijos y los demás en necesidad. Aparte de ser la madre biológica con sus cambios a largo del embarazo, el cerebro femenino recibe una educación psicológica en el sentido que, desde su primera infancia recibe un afecto, atención e indicaciones diferentes que los varones.
No es por nada que tradicionalmente encontramos a las mujeres componiendo la mayoría de los cuidadores en general, tanto en el hogar como profesionalmente. Durante nuestra evolución ha tenido los resultados más positivos, y por lo tanto el cerebro de la mujer se ha ido adaptando a ello. Pero sin una “educación emocional” adecuada, este cerebro no lleva acabo automáticamente este programa.

Ahora hay un creciente cuerpo de investigación que indica que en la mayoría de las personas, el procesamiento de información verbal, consciente y en serie se lleva a cabo en el hemisferio izquierdo, mientras que el procesamiento de información inconsciente, no verbal y emocional se lleva a cabo principalmente en el hemisferio derecho. El hemisferio derecho es dominante para el reconocimiento de las emociones, la expresión de emociones espontáneas e intensas y la comunicación no verbal de las emociones.

Algunos investigadores resaltan el papel central de este hemisferio en las funciones de supervivencia, ya que las emociones funcionan como el motor de la adaptación. A lo largo de toda la vida, el cerebro derecho, y no el izquierdo, está centralmente involucrado en funciones críticas de atención, la capacidad de experimentar emociones positivas y negativas, la regulación del estrés, la capacidad de leer de manera empática e intuitiva los estados emocionales e intenciones de otros seres humanos, y la moralidad.

Si un niño o una niña recibe más o menos de esta regulación de sus emociones y de su estrés durante su infancia, su hemisferio derecho se desarrollará con más o menos en función de su regulación. Este hecho predispone a un cerebro de ser más empático y capacitado para el cuidado de los demás. He aquí una de las razones por las que la mujer está predispuesta a hacer el papel del cuidador primario, al menos en nuestra sociedad.

En una relación entre cuidador y niño, el diálogo de comunicación afectiva pasa de forma ultrarrápida y se basa en la comunicación non verbal, por debajo de los niveles de conciencia en ambos cerebros.
La comunicación afectiva se basa en el cuerpo, en las transacciones de la mirada mutua, sonidos, cercanía corporal, etc. El cuidador primario sintonizado de esa manera sincroniza con las manifestaciones espontáneas de los ritmos orgánicos del bebé. A través de esta responsividad, el cuidador evalúa las expresiones no verbales de la excitación interna y los estados afectivos de su bebé, los regula y los comunica de nuevo al bebé.

Para lograr esto, el cuidador primario debe modular los niveles de estimulación demasiado altos o demasiado bajos que inducirán niveles de estrés elevados en el niño. El apego seguro depende de la sintonía psicobiológica sensible del cuidador hacia los estados internos de excitación del bebé. Y esa en cambio crea los bloques necesarios de la arquitectura del cerebro. Un cerebro más afectivo en edad adulta, es principalmente un cerebro que más afecto ha recibido durante esta etapa del neurodesarrollo.

Desde la infancia hasta todas las etapas posteriores de la vida, el hemisferio derecho juega un papel dominante en la recepción, expresión y comunicación no conscientes de la emoción y los componentes cognitivos y fisiológicos del procesamiento emocional. En el caso de la empatía y la compasión, por ejemplo, ahora se piensa que la autoconciencia, la identificación con los demás y, en general, los procesos intersubjetivos dependen en gran medida de recursos del hemisferio derecho, que son los primeros en desarrollarse.

Pero no todos los niños reciben la misma información, ni siquiera si crecen dentro de la misma familia. En el caso de gemelos mellizos de diferentes géneros, se ha encontrado una diferencia de comportamiento afectivo por parte de los padres hacia las niñas en comparación a los niños. Esta diferencia se debe a la creencia de los cuidadores sobre lo que necesitan las niñas y los niños, aparte de la capacidad de brindar el cuidado afectivo en general.

En los episodios de juego de sincronía afectiva, el cuidador primario experimenta una condición de resonancia y, en tal caso, se produce un aumento de la vitalidad y se produce un estado positivo de bienestar. En momentos de ruptura, el cuidador “suficientemente sintonizado” puede regular el estado negativo del bebé y reajustarlo de manera positiva. Sin embargo, puede haber una gran diferencia en la manera de reajustarlo, dependiendo del género del bebé. Los procesos reguladores de la sincronía afectiva que crean estados de excitación positiva y de reparación interactiva son los componentes fundamentales del apego y sus emociones asociadas y forman parte de la personalidad y la sensación de identidad de la persona más adelante.

Existen diferencias en la conexión emocional del cerebro derecho entre hombres y mujeres, influenciado por el historial de apego de cada individuo. Lo que se tiene que tener en cuenta es que se trata de un aspecto de género no biológico sino psicológico. Tanto en hombres como en mujeres, hay diferentes internalizaciones tempranas alrededor del género. Tanto los hombres como las mujeres en desarrollo generalmente internalizan primero un apego materno y luego paterno durante el primer año de vida. En el segundo año, en ambos sexos, el género psicológico (el sentido de masculinidad o feminidad) no solo está codificado genéticamente, sino que también está moldeado epigenéticamente por las primeras experiencias con los cuidadores.

Fuentes:

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Saunders, H., Kraus, A., Barone, L., & Biringen, Z. (2015). Emotional availability: theory, research, and intervention. Frontiers in psychology, 6, 1069. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2015.01069

Schore, A., McIntosh, J. (2011). FAMILY LAW AND THE NEUROSCIENCE OF ATTACHMENT, PART I, FAMILY COURT REVIEW, Vol. 49 No. 3, July 2011 501–512

Schore, A. (2009). Right brain affect regulation: An essential mechanism of development, trauma, dissociation, and psychotherapy.
Chapter in D. Fosha, D. Siegel, & M. Solomon (Eds.), The Healing power of emotion: Affective neuroscience, development, & clinical practice (pp. 112-144). New York: W.W. Norton, 2009.

https://www.psychologytoday.com/intl/blog/moral-landscapes/201701/be-worried-about-boys-especially-baby-boys

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