Los estilos de parentesco y de apego determinan nuestra salud

¿Has tenido una madre o un padres que nunca estaban de acuerdo con lo que hacías? ¿Que siempre controlaban todos tus pasos y se enfadaban fácilmente? Hay aquellas familias en las que hemos crecido en el que prevalece un estilo “autoritario”, en el que el control de los niños es alto, en el que se supone que hagan caso a lo que dicen los adultos sin contradecir, y con relativamente poca disponibilidad de atender a sus emociones cuando ellos lo necesitan. Los padres en este tipo de parentesco normalmente están tensos y tienen poca capacidad de relajarse.

O quizás, ¿has tenido padres que eran muy tímidos o ansiosos, y no sabían cómo atender a tus necesidades? ¿Con los que te has sentido muy desapegado y distante, por que respondían con distancia y desconexión a tus intentos de comunicarte con ellos? Este estilo se llama “negligente” y tiene un efecto devastador sobre la estabilidad emocional y el autoestima de los niños que crecen en este entorno.

En general, los estilos de parentesco son un continuo. Quiere decir que entre el muy riguroso y el muy dejado existen todas las escalas y matices. Todos tienen un profundo efecto sobre nosotros y la mayoría de ellos no es en nada positivo. Nosotros, que hoy somos padres nosotros mismos, llevamos este legado hacia nuestro propio núcleo familiar inconscientemente.

Sin embargo, hay muchos y muchísimos padres que no quieren hacer con sus hijos lo que sus padres hicieron con ellos, y que son conscientes del efecto nocivo sobre su propio desarrollo emocional.

Investigaciones muestran que los estilos de parentesco tienen un efecto profundo, no solo sobre nuestra personalidad, sino sobre nuestra salud y nuestra manera en la que vivimos estrés y emociones. Nuestra resiliencia, para la que genéticamente estamos programados, solo se puede desarrollar cuando el suelo está bien nutrido y nosotros podemos crecer con aquellos factores que favorecen su desarrollo.

Entre los estudios que últimamente han tenido más y más repercusión en la prensa, han sido aquellos que relacionan el comportamiento de los adolescentes agresivos o el abuso de las pantallas, con el apego y el estilo de parentesco durante la anterior infancia. Está claro que tenemos una tasa creciente de adolescentes que sienten una gran fatiga generalizada, que se aíslan en sus habitaciones con sus móviles, sus ordenadores, con ansiedad o depresión, etc. O por otro lado abusan de substancias o del alcohol, participan en actos de delincuencia y comportamiento agresivo hacia su entorno físico, sus padres u otras personas. Y en general, el desequilibrio emocional que se expresa de diferentes formas, es algo que observamos en toda nuestra sociedad, incluso nosotros mismos podemos observar que cada vez tenemos menos paciencia, atención, o tiempo para pasar con los amigos y con la familia, especialmente si las tareas de casa y niños se combinan con preocupaciones por la economía y la situación de empleo.

Los tiempos en los que era fácil de controlar a los niños con un comportamiento autoritario por parte de los adultos han pasado de ser historia. Esto se da sobre todo por que el mundo de hoy es otro mundo, y los niños en general están en contacto con un contexto mucho más amplio que solo la familia y el entorno directo de la escuela. Los modelos que los niños de hoy siguen a partir de una cierta edad, ya no tienen nada que ver con estos modelos con los que hemos crecido nosotros mismos, y eso crea una diferencia y un desacuerdo interior entre lo que aspira el niño y lo que le damos de posibilidades.

Pero otro tema nos preocupa, y es la estabilidad emocional con la que crece el niño. Si lees nuestro blog de vez en cuando, te habrás dado cuenta que el enfoque principal está sobre el desarrollo sano del cerebro durante los primeros años de vida del niño. Este desarrollo sano se da sobre todo con una disponibilidad emocional por parte de los padres que tienen una sensación de estabilidad y de tranquilidad interna que les permite estar atentos y brindar el apoyo y el cuidado de las necesidades de sus hijos, sin la necesidad de controlar cada uno de sus pasos.

Y los que más nos preocupa en este contexto es que, actualmente, esta tranquilidad nos falta.

Estudios muestran que los niños perciben y distinguen la estabilidad y la disponibilidad emocional de sus padres, y coinciden con lo que dicen los mismos padres sobre su propio nivel de estrés. Esto crea un mix que dificulta la conexión y el apego seguro entre padres e hijos. Cuanto más un padre o una madre “no puede relajar” o “bajar de ritmo”, es cuanto más los niños se sienten desconectados y buscan sus referentes en la televisión y videojuegos. Entre los adolescentes, el sentimiento de cercanía a los padres protege contra la mala salud psicológica y la participación en comportamientos de riesgo a la salud, y asegura una mayor conexión con sus compañeros.

Las consecuencias positivas de una tranquilidad durante la primera infancia van mucho más allá que temas de la crianza. Pensemos una cosa: durante la primera infancia se construye y se programa la mayor parte del cerebro y del sistema nervioso, y este hecho crea la base para nuestra resiliencia y nuestra salud mental.

Sin la tranquilidad durante esta fase nos creamos muchos problemas más adelante. Nuestros adolescentes nos lo muestran y simplemente nos hace falta conectar los puntos para darnos cuenta dónde está la razón para el desequilibrio de hoy día.

Nuestro estrés actualmente, nuestra ansiedad, nuestra sensación de desconexión tanto con nosotros mismos como con los demás, es un resultado de nuestra propia programación durante la infancia. Una vez que hayamos comprendido esta conexión en su profundidad podemos buscar soluciones adecuadas, no solo para nosotros mismos como padres, sino para el bien de nuestros hijos.

Fuentes:

Tschan, T., Schmid, M., & In-Albon, T. (2015). Parenting behavior in families of female adolescents with nonsuicidal self-injury in comparison to a clinical and a nonclinical control group. Child and adolescent psychiatry and mental health9, 17. https://doi.org/10.1186/s13034-015-0051-x

ERichards R, McGee R, Williams SM, Welch D, Hancox RJ. (2010). Adolescent Screen Time and Attachment to Parents and Peers. Arch Pediatr Adolesc Med. 2010;164(3):258–262. doi:10.1001/archpediatrics.2009.280

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