El origen de nuestra capacidad de tolerar emociones

Los niños aprenden a regular su comportamiento anticipando las respuestas de sus cuidadores muy temprano en la vida. Evolutivamente esta adaptación aseguró una mayor supervivencia a lo largo de la historia humana. La interacción les permite construir lo que John Bowlby, el padre de la teoría del apego, llamó “modelos operativos internos”.

Los “modelos operativos internos” de un niño se definen por la internalización del afecto y las experiencias de aquellas relaciones que tiene con sus cuidadores primarios. Debido a que las primeras experiencias ocurren cuando cerebro está en pleno desarrollo, el desarrollo neuronal y la interacción social están directamente entrelazados y dependen uno del otro. Para el cerebro humano, la información más importante para un desarrollo exitoso es transmitida por el entorno social más que el físico. El cerebro del bebé debe comenzar a participar efectivamente en el proceso de transmisión de información social que ofrece la entrada a la cultura.

Los primeros patrones de apego forman la calidad del procesamiento de la información a lo largo de la vida. Los bebés con apegos seguros aprenden a confiar tanto en lo que sienten como en cómo entienden el mundo. Esto les permite confiar tanto en sus emociones como en sus pensamientos para reaccionar ante cualquier situación. Su experiencia de sentirse comprendidos les proporciona la confianza de que son capaces de conseguir que sucedan cosas buenas, y que si no saben cómo manejar situaciones difíciles pueden encontrar personas que puedan ayudarles a encontrar una solución. Los niños seguros aprenden un vocabulario complejo para describir sus emociones (como el amor, el odio, el placer, el asco y la ira). Esto les permite comunicar cómo se sienten y formular estrategias de respuesta eficientes. Pasan más tiempo describiendo estados fisiológicos como el hambre y la sed, así como estados emocionales que los niños maltratados. Además, el desarrollo emocional seguro es la base para un desarrollo de la inteligencia y la cognición más adelante. Primero aprendemos a sentir y luego a relacionarlo lógicamente en un contexto más grande.

En la mayoría de las condiciones, los padres pueden ayudar a sus hijos angustiados a restablecer una sensación de seguridad y control: la seguridad del vínculo de apego mitiga contra la ansiedad, la inquietud, y el terror inducido por el trauma. Cuando se produce una situación traumática en presencia de un cuidador seguro, aunque desamparado, es probable que la respuesta del niño imite a la del padre/la madre. Sin embargo, cuanto más desorganizada sea la reacción del padre/la madre, es cuanto más desorganizado estará el niño. Sin embargo, si la angustia es abrumadora, o cuando los cuidadores mismos son la fuente de la angustia, los niños no pueden modular su excitación. Esto provoca un colapso en su capacidad para procesar, integrar y categorizar lo que está sucediendo: en el núcleo del estrés traumático se encuentra un colapso en la capacidad para regular los estados internos.

Si la angustia no desaparece durante horas, días o más tiempo, los niños se desconectan interiormente de sus emociones: las sensaciones, los afectos y las cogniciones relevantes no se pueden asociar (se disocian en fragmentos sensoriales) y, como resultado, estos niños no pueden comprender lo que está sucediendo o idear y ejecutar planes de acción apropiados. Su lado lógico queda desconectado de su mundo emocional.

Cuando los cuidadores están emocionalmente ausentes, inconsistentes, frustrantes, violentos, intrusivos o negligentes, es probable que los niños se angustien intolerablemente y es poco probable que desarrollen una sensación de que el entorno externo pueda proporcionar alivio. Por lo tanto, los niños con patrones de apego inseguro tienen problemas para depender de otros para que los ayuden, mientras que no pueden regular sus estados emocionales por sí mismos. Como resultado, experimentan ansiedad, ira y anhelos excesivos para ser atendidos. Estos sentimientos pueden llegar a ser tan extremos como para precipitar estados disociativos o agresiones autodestructivas. Los niños espaciados e hiperactivos aprenden a ignorar lo que sienten (sus emociones) o lo que perciben (sus cogniciones).

Cuando los niños no pueden lograr una sensación de control y estabilidad, se vuelven indefensos. Si no pueden comprender lo que está sucediendo y no pueden hacer nada al respecto para cambiarlo, pasan inmediatamente del estímulo (temeroso) a la respuesta (lucha / huida / congelación) sin poder aprender de la experiencia. Posteriormente, cuando se exponen a recordatorios de un trauma (sensaciones, estados fisiológicos, imágenes, sonidos, situaciones) tienden a comportarse como si estuvieran traumatizados de nuevo, como una catástrofe. Muchos problemas de niños traumatizados pueden entenderse como esfuerzos para minimizar la amenaza objetiva y regular su angustia emocional. A menos que los cuidadores entiendan la naturaleza de tales representaciones, son confiables para etiquetar al niño como “opositor”, “rebelde”, “desmotivado” y “antisocial”.

El caso de las autolesiones

Según un artículo de la Vanguardia, un 30% de las chicas en edad adolescente se autolesionan para aliviar el dolor emocional insoportable. Lo más frecuente son cortes en la piel, brazos sobre todo, seguido de muslos. Especialmente entre las chicas. Los chicos estrellan más el puño, el pie o la cabeza contra una puerta o contra la pared, algo que antes se consideraba una agresión y ahora se clasifica como autolesión, porque sólo pretenden hacerse daño a ellos mismos. El efecto que produce cortar la piel que más se explica es el del control del malestar emocional interior. Cuando sienten una emoción negativa e insoportable, el corte es una dolor físico que distrae, que deriva la atención. Además, el dolor físico exterior es mucho más manejable que el emocional.

¿Còmo es que hoy día tenemos una prevalencia más alta de situaciones como la descrita?

La falta de los padres en el día a día crea un vacío emocional en nuestros hijos. Aparte de eso, el elevado estrés por la situación económica, el trabajo y la consolidación entre las necesidades emocionales de una familia y el manejo de la casa supone un estrés muy elevado en los cuidadores, especialmente las madres hoy día. Este nivel de estrés elevado en los cuidadores resulta en una incapacidad de hacer frente a las situaciones emocionales que supone la crianza de un hijo, especialmente si este tienen necesidades de consolación por su propio estrés.

Estamos delante de un dilema. Por un lado nos falta la estabilidad emocional y las herramientas para hacer frente a nuestro propio estrés, y por otro lado necesitamos nuestra fuerza para cuidar a las necesidades de nuestros hijos.

Como sociedad es de importancias que aprendamos de una vez cómo crear a nuestro equilibrio emocional. De este depende la siguiente generación, ya que los cerebros se construyen a través de esta tranquilidad que hemos perdido en el siglo XXI.

En el Ambulatorio Emocional nuestra misión es la de dar aquellas herramientas y empezar a crear un puente de bienestar y equilibrio emocional entre esta y la siguiente generación.

Fuente:

van der Kolk, Bessel. (2005). Developmental Trauma Disorder: Toward a rational diagnosis for children with complex trauma histories.. Psychiatric Annals. 35. 401-408. 10.3928/00485713-20050501-06. Retirado de: http://www.traumacenter.org/products/pdf_files/Preprint_Dev_Trauma_Disorder.pdf

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