Criando en tiempos de estrés

Nuestra vida actualmente en nuestra sociedad está sometida a una manera de vivir ajena a las necesidades del ser humano. Al menos así lo percibo cuando miro los mil y un estudios sobre el estrés y las enfermedades causados por estrés, que surgen actualmente de la ciencia.

Sin embargo, nosotros no discutimos que tenemos que vivir de esta manera. Es más, cuando alguien se sale y deja de hacer el mismo esfuerzo que los demás, le ponemos etiquetas no siempre respetuosas, señalando que aquí tenemos a alguien que se piensa que es algo especial o que es superior al resto de nosotros.

Poco podría ser más equivocado que esta manera de pensar. La ciencia está más que de acuerdo que los niveles de estrés de la vida normal de un ser humano del siglo XXI no es saludable y que aporta más efectos negativos que fumar dos paquetes de cigarillos al día.

¿Y cómo es que no nos damos cuenta de esto?  Yo creo que es por una razón.

Al menos en tiempos antiguos las personas anhelaban momentos de tranquilidad, y de conexión con sus amigos y las personas que amaban. Este hecho cada vez se disminuye y se da paso a una manera de conectar más rápida y efímera, con menos profundidad y con más distancia, con un dispositivo en la mano y muchas veces ni hablando con alguien en directo. Y eso sólo nos puede afectar como sociedad en general, por que esta manera de vivir, efímera y superficial, ya influye a los más pequeños.

Cuando nace un niño, su biología y trayectoria de desarrollo tiene una cierta previsión. Y es de crear ciertas estructuras cerebrales, conexiones, un cuerpo, músculos, nervios, un sistema inmunitario, etc…. En fin, el niño es una persona en construcción que no acaba de completarse hasta pasado los 20 años.

Para poder construir todas estas estructuras, el niño necesita ciertas condiciones. Especialmente durante los primeros 3 o 4 años de vida estas condiciones son muy importantes por que el crecimiento del cerebro es muy acelerado y acabados los 4 años, y a dispone de casi un 90% de sus estructuras de adulto. Entre las condiciones que predispone la biología están aquellas que han hecho, que el ser humano sea una especie social y que viva en una comunidad, conexiones interpersonales de gran profundidad, con amor y cuidados mutuos. El niño tiene una expectativa de estar bien recibido en el grupo, cuidado por todos, nutrido a demanda, apaciguado, tener contacto físico constante,… una larga lista de condiciones que los niños de la humanidad han recibido en el pasado. Cosa que ha hecho posible, entre otras, la programación de sus capacidades empáticas e intelectuales. Los millones de años de evolución han hecho que haya una previsión de un cierto desarrollo con una cierta cantidad de condiciones en el ambiente de la crianza.

Hoy, en muchas ocasiones, no tenemos ni el tiempo ni la debida atención, ni la debida tranquilidad para proporcionar este tipo de cuidado tan intensivo.

Pero, ¿qué ocurre cuando un niño no recibe la información para la cual ha nacido, y no se cumple aquella expectativa dada por la evolución?

La respuesta es: no se construyen en totalidad aquellas estructuras que marcan al ser humano y son la base para su salud física, emocional y mental.

Entre estas estructuras está el Sistema Límbico, la parte del cerebro responsable para las emociones y el manejo del estrés. También durante la infancia se “configura” o se “calibra” el sistema nervioso y la respuesta de aquella parte que nos predispone a una cierta resiliencia hacia el estrés y la carga, mental y física.

Todas aquellas estructuras se construyen, se programan, y se configuran durante la primera infancia y el embarazo. Cuando la persona es adulta, estas configuraciones construyen la base de su manera de vivir el estrés y las emociones, las dificultades, los problemas, los fracasos y las oportunidades.

Quiero decir que, si queremos vivir mejor y llevar una vida con menos estrés, como sociedad estaríamos bien avisados de dejar que los niños desarrollen aquellos circuitos que los hacen más resistentes frente al estrés y las dificultades, y promover una infancia más tranquila y más en contacto con aquellas condiciones bajo las que se desarrolló la especie humana.

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